Xin Chao Ha Noi!

Ya han pasado unos días desde que nos instalamos en Hanoi, aunque la llegada fue un poco peliaguda. Al aterrizar nos recogieron dos vietnamitas voluntarios que supuestamente nos tenían que llevar a la escuela de la organización para la que trabajaríamos. Después de que respondieran a tres preguntas con un ‘yes’ y una sonrisa, nos dimos cuenta de que no tenían ni idea de inglés, así que la comunicación se hizo bastante difícil, sobre todo cuando nos dejaron en un cuchitril perdido de Hanoi y se limitaron a decir: “Now you sleep”, sin ningún tipo de explicación. Esa noche fue la primera en la que agradecimos haber llevado saco de dormir. Entre los nervios y la risa floja que nos entró nos quedamos dormidas enseguida.

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Cenando con Jolie y su familia

Al día siguiente por fin conocimos a Dap, el líder de esta organización, que nos enseñó un habitáculo a medio construir y nos prometió que esa misma tarde estaría acabado y sería nuestro nuevo hogar (regla número 1: los vietnamitas casi nunca cumplen sus promesas). Así que mientras esperábamos nos llevaron a casa de Jolie, una voluntaria que debía tener como máximo un A1 de inglés. Jolie vive en un barrio auténticamente vietnamita, en el que todo el mundo nos miraba y susurraba. Y en esa humilde casa en la que nos prometieron que solo estaríamos unas pocas horas, fue donde nos “secuestraron” durante tres días. (Regla número 2: los vietnamitas siempre dan órdenes). Estuvimos allí disfrutando de una experiencia realmente auténtica, aunque a veces era muy frustrante ya que apenas podíamos comunicarnos con los miembros de la familia y no nos dejaban salir de la casa. Solo oíamos “go eat, go rest” y nos limitábamos a obedecerlos.

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Las normas de tráfico no existen en Vietnam

Hasta que nos cansamos de no saber qué hacer, de no ver a ningún niño al que dar clases de inglés y de estar en la capital de Vietnam pero encerradas en cuatro paredes. Preparamos nuestra fuga y cuando se lo contamos a Dap, apareció en menos de dos minutos para pedirnos perdón. Se ve que después del año nuevo lunar todo sigue siendo un caos y estaban muy liados y alguna otra excusa más. Pero fue así como nos trajeron aquí, al Mercury Center, una casita en el centro de Hanoi en la que los voluntarios internacionales conviven con los vietnamitas.

Aunque el proyecto escasea de organización (regla número 3: los vietnamitas siempre cambian los planes sin comunicártelo), la verdad es que es una experiencia muy bonita poder dar clases a jóvenes que te miran con toda la ilusión del mundo. Estamos dando clases en la universidad, empezando por un nivel muy muy básico, pero poco a poco van mejorando y se les ve muy emocionados. Es imposible acordarse de todos sus nombres pero nos vamos quedando con sus caras.

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Nuestros alumnos en clase

La vida aquí es muy agradable y tranquila una vez que te adaptas al tráfico horroroso, a la contaminación y al ruido. Vivimos con 4 vietnamitas, dos italianos, un estadounidense, un inglés y un irlandés. Siempre cenamos todos los voluntarios juntos con la comida que preparan los vietnamitas y bebemos cerveza baratísima. Un día hicimos tortilla de patata y se la comieron con palillos y en boles.

Ya nos está empezando a dar pena tener que irnos de aquí en menos de dos semanas… Pero Laos nos espera para continuar el viaje. Intentaremos ir actualizando el blog para seguir contándoos.

Con cariño,

Mar y Engracia.

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